La presente entrada reproduce en su integridad el breve ensayo, «Serpiencial», que dedicamos a Andrés Talavero con motivo de su intervención en el Aljibe de la Casa de las Veletas (Cáceres), entre los meses los enero y marzo de 2002, y que fue publicado en el catálogo Andrés Talavero. Serpientes. Cáceres, Museo de Cáceres, 2002, pp. 17-20. ISBN: 84-7671-665-9.
Serpiencial
Un sol de oro y, en torno a él, la serpiente del conocimiento.
Nietzsche[1].
La serpiente -circunstancia ésta en la que puede competir únicamente con el tigre-, como el fuego, como el acantilado, ejerce, acaso por su naturaleza extremada, una insoslayable fascinación en el hombre, constatando de este modo su carácter vulnerable y su desequilibrada, variable posición entre lo acomodaticio y lo temerario. La serpiente, así, agente de embrujo y rechazo a un tiempo, se ha erigido desde el comienzo mismo de los documentos antropológicos y artísticos conservados, en metáfora e instrumento de lo simbólico.
Creemos que por obra de la instalación escultórica Serpientes que ha realizado en el Aljibe almohade de su ciudad natal, Andrés Talavero (Cáceres, 1967) se manifiesta enteramente como un poeta fascinado y embargado por la hibridación, en el punto iluminado en que los extremos se hermanan, en el topos de la locura sapiente, de la sensibilidad alucinada. En ésta, su nueva creación, Talavero se ha valido del espacio milenario del Aljibe (13,40 x 9,90 m) para sumergir en el agua que se extiende por su área toda -hasta una altura que cubriría nuestras rodillas- doscientas serpientes realizadas en barro refractario. Si del lodo terroso, férrico el Hombre Primero fuera creado (Gn. 2, 7), a Talavero, sirviéndose de análoga materia, le ocupa el Fin próximo: primero de los hitos de su actividad paradójica.
La serpiente nos embriaga por su naturaleza inaccesible al constituirse en híbrido del agua y la tierra, de lo masculino (su reminiscencia fálica no pasó inadvertida a los simbolistas, por ejemplo[2]) y lo femenino (en el imaginario macho como imagen de la astucia sibilina[3]), de su aparente inmovilismo y su pertinaz transformación, de la belleza y el horror, de su exterioridad fluida y su interior de fortaleza. La serpiente protagoniza el acontecer mismo de lo mítico en las culturas antiguas, y muy especialmente en su categoría alegórica de visibilidad pura: ciegas, como muchas de sus especies son, su sentido de la vista, al menos, no está ampliamente desarrollado en ninguna de ellas- sus ojos, pese a ello, han provocado incontables fantasías aterradoras y lúbricas. Así, el acto humano de mirar a la serpiente (como si uno se encontrara ante su reflejo esencial, ante Dios, ante la muerte) ha constituido el origen de innumerables creencias y relatos tan poderosos como perversos; los cabellos de serpiente coronan un rostro, el de Medusa, cuya mirada congela, petrifica incluso después de la muerte de la Gorgona por lo que fueron empleados en el Escudo de Atenea. En el Libro de los Números (Nm. 21, 4-9) se nos dice que la blasfemia del desesperado pueblo que desde Egipto dirigía Moisés fue respondida por Jahveh lanzando sobre los hombres serpientes abrasadoras, para más tarde, apiadándose, dar instrucciones a Moisés para que creara una serpiente de bronce que, con sólo mirarla, otorgara al moribundo la curación de su veneno. Por otra parte, su proverbial transformación y mutabilidad fue, ya en la antigüedad, introducida en un discurso parasexual; Tiresias, ciego (como habrían de estarlo proverbial o cifradamente Homero y Milton) y vidente tebano, devino mujer al separar con su bastón dos cuerpos serpentinos copulando[4], etc.
El Génesis identifica a la Serpiente[5], tentadora de la mujer, como el origen de la transgresión y del pecado; los libros proféticos bíblicos la relacionan con Leviatán, la Bestia del Holocausto, que por la naturaleza escamosa que de ésta se predica bien podría tratarse de una colosal serpiente; exégesis contestada, pero evidente en Isaías (Is. 27, 1) donde se califica al monstruo como serpiente huidiza y serpiente tortuosa[6]. Demasiados y distantes ejemplos, su reiteración pertinaz en la creación y en el imaginario nos conduce a albergar la hipótesis en torno a que su identificación como tabú no constituye sino un instrumento dirigido a adocenar la fascinación que despierta: no en vano comparte el hábitat desértico de los tres pueblos creadores de las únicas religiones monoteístas del mundo: Judaísmo, Cristianismo e Islam. No en vano, el viento violentísimo que atormenta como una condena a los Lujuriosos (Infierno, V) en el Evangelio según Dante deviene en sensual y festiva forma elíptica, sinuosa, serpentina que celebra el deseo en la visión blakeana del mito[7].
La serpiente es, abrumadoramente, el sujeto más abordado en el arte de Talavero: ora como entidad tridimensional exenta (práctica alumbrada por sus Siete serpientes (hierro forjado, 1996), ora como instalación escultórica, motivo central de su producción última[8]. La serpiente curiosamente comparte con la segunda criatura que le tentado poderosamente hasta ahora, la mariposa, su proverbial naturaleza cambiante; así, si la serpiente muda su piel, la mariposa constituye el paradigma de la metamorfosis. Mariposas constituía el título de sendas pinturas de similar técnica y formato (acrílico sobre lienzo, 116 x 148 cm) realizadas en 1997; el lepidóptero asimismo centraba su intervención en 1998 sobre el Claustro del Conventual García Matos de San Francisco de Cáceres, cuyos cerramientos vítreos (2 x 400 m) fueron depositarios de mil seiscientas mariposas realizadas en tinta litográfica[9]. Tamaña coincidencia nos sugiere una obsesión creativa: la del tránsito; en una época, en la que vivimos, más que crítica o de transición: de holocausto, de sacrificio ciego, de destrucción sin fin ni finalidad. Así, Talavero se erige en buscador de una senda nueva, de comunión alumbrada por la esperanza de quien aún no sabe adónde conducen los caminos no transitados[10]. Este mismo interés por la otredad se manifiesta en Serpientes mediante un instrumento de intercambio en el que su unidad de medida (la moneda) comparte con aquéllas su falsedad, su artificio, su truco: nuestra frustración al intentarla comprender o acotar. Así, si por un lado, las serpientes no pueden ser domesticadas, por el otro, nosotros, que casi hemos perdido la categoría valor, ni siquiera podemos estar seguros de dominar el precio; la economía, virtualmente inaccesible ya, resulta en su abstracción tan misteriosa como la divinidad, eso las une.
Bien podría arrojarse entonces una hipótesis por la que habríamos de comprender este trabajo de Talavero como una denuncia del carácter mercantilizado de la producción estética; pero su obviedad misma la hace estéril. Nosotros, en cambio, creemos que el interés primordial de su creador se significa en la búsqueda de una transcendencia comunicativa. No nos parece baladí señalar a este respecto el interés manifestado por Talavero por la figura de Jano, divinidad bélica propiamente romana, dios de las dos caras, cuya doble y enfrentada faz sugiere la confrontación entre la posibilidad e imposibilidad del enlace, de la comunicación entre el acceso y la salida, entre el permiso y la prohibición, entre el adentro y el afuera, entre la paz y la guerra, entre el pasado y el futuro, entre la memoria y la prudencia. Jano, considerado míticamente como el inventor de la moneda, lo era asimismo del sacrificio a los dioses[11]. En cierto modo, la reunión celebrada por Talavero en el interior del Aljibe de Cáceres de las ajenas monedas anhelantes (es decir, las monedas que solemos arrojar a pozos o fuentes al pedir un deseo) y sus serpientes, se erige en imagen de un trueque simbólico ajeno al intercambio económico; mas truque simbólico paradójico por su inasibilidad. La serpiente, símbolo del conocimiento, lo es, asimismo, de la astucia, de la hipocresía, de la máscara con que se ocultan las verdaderas intenciones; abrigo de la falsedad, como lo es la moneda (sol de oro, tal y como hemos empleado la cita al abrir estas letras), y de la anhelada, pero imposible, conciliación de lo bicéfalo.
Andrés Talavero parece alcanzar con este trabajo un hito en su desarrollo creativo, que es el de su obsesión en torno a la posibilidad misma de la comunicación y la creación pareja de los amantes, si bien de modo ciertamente implícito. Los amantes constituye el título de algunas de las esculturas más logradas de Talavero. Las más de las veces la representación de la pareja se limita a sus cabezas, unidas o separadas, mas siempre incapaces de enfrentarse. Así, cuando se hallan unidas sus miradas se dirigen en direcciones opuestas; mas cuando podrían contemplarse, cierran los ojos, como si el deseo se agotara en el límite de la experiencia. Tal y como Shakespeare confesó: Cuanto más los cierro, mejor ven mis ojos[12].
Los diversos recorridos transitados, por los que Andrés Talavero ha venido manifestándose en los últimos años comparten, pese a su aparente multiplicidad temática y técnica, una misma obsesión. Ya a través de la serpiente o la mariposa, de los amantes, de las sendas, del sueño; ya en pintura, en dibujo (para el que le consideramos dotado), en escultura (exenta o de instalación), o en el tránsito detenido de la fotografía, Talavero se manifiesta en buscador arriesgado y trascendente de lo incierto. Cálido o abisal, cercano o raptado, su voluntad, indomable, nos alienta, compañera, en la frustración, en el peligro, en el error -acaso-, que es seguir deseando.
Notas
[1] NIETZSCHE, Friedrich: Así habló Zaratustra. Traducción de Andrés Sánchez Pascual; Madrid, Alianza, 1987, pág. 120.
[2] Talavero ha comenzado recientemente a fotografiar manos femeninas portadoras de cabezas de serpientes; serpientes pues, decapitadas, que remiten al pavor o al trauma del pene amputado, de la castración.
[3] Se considera profunda a la mujer -¿por qué?, porque en ella jamás se llega al fondo. La mujer no es ni siquiera superficial. NIETZSCHE, Friedrich: Crepúsculo de los ídolos. Traducción de Andrés Sánchez Pascual; Alianza, Madrid, 1997, pág. 33. Esta otra proclama sobre el particular, debida al Nietzsche extremo del Así habló Zaratustra nos deja atónitos por la similitud de sus términos con la apariencia final del trabajo de Talavero que aquí celebramos: la mujer tiene que obedecer y tiene que encontrar una profundidad para su superficie. Superficie es el ánimo de la mujer, una móvil piel tempestuosa sobre aguas no profundas. Op. cit. pág. 107.
[4] El pasaje, que puede encontrarse en Ovidio (Metamorfosis, XIII, 325-332), sería retomado por Dante en su Divina Comedia (Infierno XX, 44- 45).
[5] Antes de referirse al Caído como Satán, John Milton le denomina The infernal Serpent (Paraíso Perdido I, 34).
[6] El versículo completo reza así: Aquel día castigará Yahveh con su espada dura, grande, fuerte, a Leviatán, serpiente huidiza, a Leviatán, serpiente tortuosa, y matará al dragón que hay en el mar. Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, 1986, pág. 1084.
[7] Blake trabajó durante los últimos cuatro años de su vida en el proyecto, finalmente inconcluso, de grabar cien estampas de su propia invención para una nueva edición de la Commedia. La escena de los Lujuriosos -en el Segundo Círculo del Infierno-, que fuera grabada por el propio Blake (grafito, pluma y acuarela sobre papel, 37 x 52 cm) se conserva en el Birmingham Museum and Art Gallery.
[8] Así, la realizada con motivo del I Encuentro Europeo con el Arte Joven en el Palacio de Congresos y Exposiciones (Teruel, octubre de 2001), en la que dispuso, en el piso de una habitación negra abierta al exterior por una puerta, noventa y seis fragmentos superiores serpentinos realizados en escayola patinada que se erguían verticalmente hasta una altura de veintidós centímetros, al modo de estalagmitas.
[9] Poética ésta que habría de ocuparle nuevamente en 2001 en la Sala de Lectura de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cáceres, donde Talavero pintó con acrílico setecientas mariposas sobre una superficie vítrea de 3 x 45 m.
[10] Camino, título de la exposición que Andrés Talavero realizó en el centro de Exposiciones San Jorge de Cáceres en 1999, lo es, asimismo, de una serie de fotografías presentadas en aquella ocasión (cajas de luz, 20 x 10 x 25 cm c/u, 1998-1999), autorretratos tomados de espaldas que nos presentan a un Talavero que no es más que una sombra ante un espacio de naturaleza varia, mas pertinazmente falta, deshabitada.
[11] Jano es el título de un conjunto de monedas metálicas acuñadas por Andrés Talavero en 1997 que presentan la pátina y la corrosión características de las piezas numismáticas resultado de los hallazgos arqueológicos.
[12] When most I winke then doe mine eyes best see. Transcribimos la grafía original de la edición de sus Sonetos de 1609, reproducida en VENDLER, Helen: The Art of Shakespeare’s Sonnets, Cambridge y Londres, The Belknap Press of Harvard University Press, 1999, pág. 221. La traducción es nuestra.
PS: La publicación reunía, además, sendos textos de Antonio José Mialdea Baena, Rosa Perales Piqueres, Severiano Talavero Tovar, Manuel de Alvarado Gonzalo y el propio Andrés Talavero. Recuerdo con mucho cariño, y conservo, las generosísimas cartas que tanto el primero -a quien no he logrado aún conocer- y el último -con quien me encuentro siempre que puedo- me remitieron tras la lectura de mi escrito.


