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La venganza. Dumas. Y Hoffmann. Juegos de niños

DUMAS, Alexandre: Historia de un cascanueces. Tr. de Casandra Amorín Vivar.
Madrid, Trifaldi, 2009.

Los materiales que Alexandre Dumas empleó en su ingente obra literaria proceden de fuentes muy diversas. Hemos tenido ocasión, por ejemplo, de ver cómo trazó una biografía divulgativa con firme literatura a partir de la obra, cuasi hagiográfica, escrita por Giorgio Vasari sobre Miguel Ángel, o el modo en que tejió una novela de capa y espada a partir de algunos pasajes y personajes de la autobiografía autocanonizadora de Benvenuto Cellini: Ascanio.

Entre las obras de Dumas que podríamos denominar, sirviéndonos de un término musical, reorquestaciones, se encuentra una joya de la literatura infantil poco conocida entre nosotros. Se trata de Histoire d’un casse-noisette (Historia de un cascanueces), una obra narrativa de dimensiones propias de una novela breve en la que Dumas adapta un cuento original de Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann, pero introduciendo significativos cambios que la hacen, tal vez, más fácilmente accesible y comprensible al público infantil.

Este relato extenso de Hoffmann, Nußknacker und Mausekönig (El Cascanueces y el rey de los ratones), que fuera publicado en 1819 en el primero de los cuatro volúmenes –el último de los cuales vería la luz dos años más tarde– que integran la recopilación de relatos Die Serapionsbrüder (Los hermanos de [San] Serapión), cuenta con una nueva adaptación a nuestra lengua, una belleza bibliográfica, habida cuenta el esmero en la edición y las extraordinarias ilustraciones que contiene, obra de Robert Ingpen (Geelong, Victoria, Australia, 1933), Premio Hans Christian Andersen de Ilustración en 1986.

HOFFMANN, E. T. A.: El Cascanueces y el rey de los ratones. Tr. de Xevi Solé Muñoz. Ilustraciones de Robert Ingpen. Barcelona, Blume, 2016.

El cascanueces hoffmanniano, y al igual que su adaptación dumasiana, como las matrioskas, las muñecas que contienen otras de tamaños sucesivamente menores e idénticas –salvo la última– a aquellas, presenta una historia dentro de una historia dentro de una historia. El marco general del original de Hoffmann estriba en el tratamiento de dos niños, de padres tal vez demasiado ausentes (como lo está mayoritariamente su primogénita: Luise), mimados por un solterón, un hábil inventor y hacedor de autómatas, su padrino: Drosselmeier. Una Nochebuena los niños, Fritz y Marie (Hoffmann identifica esta última como la menor de los tres, e indicando su edad: siete años) reciben, como de costumbre, estupendos regalos, entre los que Marie se prenda de un particular cascanueces.

Robert Ingpen. El Cascanueces y el rey de los ratones. Barcelona, Blume, 2016, p. 36.

Lo que sigue, puede, o no, ser un sueño de Marie. Pues cuando acaba la historia que se cuenta a continuación, la primera aparición de los odiosos y terribles ratones, Marie despierta. Una ambigüedad que Hoffmann acertará, como Dumas después de él, a tejer a lo largo del relato.

Aún convaleciente, Marie escucha un cuento del padrino (una nueva historia que se relaciona con la del sueño) y que Marie confunde –ilusoriamente, o no– con la realidad. Así, el padrino le cuenta la historia “de la nuez dura”, una fantasía en la que Marie identifica inequívocamente a uno de sus protagonistas con su mismísimo padrino[1]. Una historia en la que el personaje redentor es el propio cascanueces, si bien humanizado en la figura del sobrino de aquél y con quien Marie se prometerá[2]. Una fantasía en la que el amor de una doncella (en realidad, tan solo una niña, la propia Marie) libra de un conjuro a otro infante, devolviéndole su humanidad.

El núcleo central del relato de Hoffmann, “El cuento de la nuez dura”, que se extiende entre los capítulos séptimo y noveno (pp. 61-91 de la edición española referida), estriba en un combate librado entre dos ejércitos, uno de cuyos bandos –el ratonil– se mueve por la venganza, siendo capitaneado por su rey, quien, como la bestia apocalíptica, presenta siete cabezas, todas ellas coronadas[3]. Así, el sustantivo “venganza” o el verbo “vengar” aparecen en seis ocasiones en el original hoffmannsiano, y por cinco veces en la adaptación de Dumas y, en todos los casos, su presencia se encuentra relacionada con esta historia en el interior de una historia. La motivación del enconado odio de los roedores no puede resultar más ridícula, por cuanto exacerba hasta lo grotesco la gula de los poderosos, en la figura de un monarca que será castigado a ver a su adorada hija Pirlipat convertida en una criatura monstruosa al no querer sacrificar ninguna porción del tocino de su despensa.

La adaptación de Dumas, titulada Histoire d’un casse-noisette, sería publicada en el volumen Contes (Cuentos, 1844), para la que el escritor partió de la traducción al francés del relato hoffmanniano, que había sido publicada, en 1838, obra de Émile de La Bédollière. Decíamos que el trabajo sobre Hoffmann realizado por Dumas era el de un reorquestador. Y es que la música desempeña un juego de particular interés en esta historia que nos ocupa. En primer lugar, porque el prusiano Ernst Theodor Wilhelm Hoffman (Königsberg, 1776-Berlín, 1822) cambió el tercero de sus nombres de pila por el de Amadeus en honor al compositor Wolfgang Amadeus Mozart. En segundo lugar, porque Hoffmann habría de aparecer como personaje en una ópera compuesta por Charles Offenbach, Les Contes d’Hoffmann, estrenada póstumamente en la Opéra-Comique de París el 10 de febrero de 1881[4]. Y, en tercer lugar, porque El cascanueces sería el tercer y último de los ballets del absoluto monarca del género: Piotr Ilich Chaikovski (su op. 71). Un ballet en dos actos, tres cuadros y quince escenas, que fue estrenado el 18 diciembre de 1892 en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, bajo la dirección musical de Riccardo Drigo y la coreografía de Lev Ivanov, en una función doble junto a otro estreno absoluto del compositor: el de la ópera en un acto Iolanta (op. 69). Un ballet para cuyo libreto, Marius Petipa empleó, precisamente, la adaptación de Dumas en detrimento del cuento original de Hoffmann.

Dumas se introduce en la historia, como Hoffmann lo hacía en algunas de las suyas, para ofrecernos el marco general del relato. Así, informa al lector que una de aquellas noches había acudido junto a su hija a una fiesta infantil organizada por uno de sus amigos, el conde de M. Aburrido, Dumas se queda dormido, para sorprenderse al despertar atado a un sillón, del que no le liberarán sus captores, los niños, azuzados por su propia hija, hasta que no les cuente un cuento[5]. Dumas anuncia que la historia que seguirá es obra de Hoffmann, mas no una invención, sino una “verídica historia”[6], y se refiere a la misma bajo el título de El Cascanueces de Nüremberg[7]. Sin embargo, Dumas omite los pasajes tremebundos que se hallaban en el texto original, como el siguiente, procedente del capítulo quinto y en el que Hoffmann, refiriéndose a la primera batalla librada entre los ratones en un bando y los juguetes y muñecas en el otro, afirma: “Cada vez que un jinete ratonil partía de un bocado a un valiente adversario, se le atragantaba el papelito impreso que el soldado llevaba dentro y moría de inmediato”[8]. Y, del mismo modo, Dumas da buena cuenta en su Historia de un cascanueces de la maravillosa bonhomía de su sentido del humor[9] y su magnífica ironía[10], lo que contribuye a hacer de esta adaptación –más cristalina y fluyente y menos cruenta que el original– una verdadera alhaja que merecería una edición ilustrada, por poner tan solo dos ejemplos que consideramos se adecuarían extraordinariamente a la labor, por Daniela Guglielmeti u Óscar T. Pérez.

Robert Ingpen. El Cascanueces y el rey de los ratones. Barcelona, Blume, 2016, pp. 102-103.

Diversas iniciativas editoriales españolas de los últimos años protagonizadas por Alexandre Dumas se dirigen, asimismo, al lector infantil y juvenil, como ocurre con sendas adaptaciones de Los tres mosqueteros y de El conde de Montecristo, publicadas en ediciones ilustradas por la editorial Anaya, así como con una biógrafa de Dumas, publicada por la editorial Rompecabezas, dedicada a los jóvenes lectores.

Dumas el mosquetero (El rompecabezas, 2009), es el título de una biografía divulgativa de este coloso literario, escrita por José Ángel Gayol, autor asimismo de un cuaderno de actividades al final de la obra (pp. 97-108), y que cuenta con ilustraciones de A Cuatro Manos Estudio y Raquel Fraguas González, responsable, la última, de la Colección sabelotod@s, a la que pertenece el volumen. El libro presenta una muy bien trazada aproximación al escritor que se detiene en el anecdotario de su titánica personalidad, comenzando, naturalmente, por su infancia y adolescencia, y no únicamente para encontrar la complicidad de su joven lector (el libro está recomendado para lectores a partir de 9 años), sino por cuanto en su caso, se subraya la importancia de algunos de los gestos cuando aún contaba con una tierna edad en la definición de su carácter. Su primer ejemplo se encuentra en el modo en que actuó tras perder a su padre. El niño, a la sazón de cuatro años, “quiso ir al cielo para ver a Dios: deseaba pedirle explicaciones por haberse llevado a su padre”[11].

Finalmente, la colección Clásicos a medida de la madrileña editorial Anaya ha publicado dos volúmenes con sendas adaptaciones de las dos obras más celebradas de Alexandre Dumas. La primera en hacerlo –su primera edición data de 2007–, fue una adaptación (para lectores a partir de 12 años), lo que no resulta tarea sencilla, de la complejísima y dilatada trama de El conde de Montecristo, responsabilidad de Francisca Íñiguez Barrena. El volumen, que cuenta con ilustraciones, angulosas, dotadas de un adecuado dramatismo, obra de Iván Mata, presenta, asimismo, una introducción y un apéndice que se avienen con el propósito didáctico de esta iniciativa editorial. Materiales que se hallan, asimismo, en la segunda de estas publicaciones, cuya primera edición tuvo lugar en 2016. El volumen, Los tres mosqueteros, constituye, pues, una adaptación exclusivamente de la primera parte de la trilogía mosqueteril. Su autoría recae en Miquel Pujadó, mientras que sus ilustraciones son obra de Maripaz Villar, con una atmósfera, por lo general, sensiblemente más amable que la de su compañera editorial. El libro está recomendado para lectores a partir de los 10 años. Ambas adaptaciones, muy cuidadas, dan cuenta de la fe en el futuro de estas obras maestras, difundiendo –iniciativa en verdad encomiable– entre los jóvenes lectores una primera aproximación a las mismas.


[1] Asimismo, lo enfatizará el narrador de la versión de Dumas, al señalar que Marie, “hubiera incluso llegado a pensar que el padrino Drosselmayer tomaba como modelo para su indumentaria al pequeño hombrecillo del abrigo de madera”. DUMAS, Alexandre: Historia de un cascanueces. Tr. de Casandra Amorín Vivar. Madrid, Trifaldi, 2009, p. 34.

[2] Pronto repara Marie en el parecido razonable entre el padrino y el cascanueces, en lo que abunda Hoffmann por dos veces (HOFFMANN, E. T. A.: El Cascanueces y el rey de los ratones. Tr. de Xevi Solé Muñoz. Barcelona, Blume, 2016, pp. 29 y 31) en el tercer capítulo de la obra.

[3] Se trata de la Bestia del Mar que aparece en el Libro del Apocalipsis (cfr. Ap 11, 7; 13, 1-10 y 17. 7-18). Sus siete cabezas son mencionadas en Ap 13, 1, aunque no lleva una corona sobre sendas cabezas, como sí lo hace el rey de los ratones, sino un total de diez, cada una de ellas sobre un cuerno. Una criatura, pues, que presenta diez cuernos, como ocurría en la cuarta y última de las bestias que refiere el Libro de Daniel. Aquélla que, salida del mar, como las tres restantes, será la responsable de devorar la tierra toda.

[4] El libreto, obra de Jules Barbier, enlaza tres de los relatos de Hoffman: “Der Sandmann” (El hombre de arena), «Rath Krespel» (El violín de Cremona) y «Das verlorene Spiegelbild» (El reflejo perdido).

[5] Su respuesta es del mayor interés: “—Pero, queridos niños, me estáis pidiendo lo más difícil que hay en el mundo. ¡Un cuento! ¡Ahí es nada! Pedidme La Iliada, pedidme La Eneida, pedidme incluso La Jerusalem Liberada, y quizá pueda conseguirlo, ¡pero un cuento! Perrault es muy diferente a Homero, a Virgilio y a Tasso; y Pulgarcito es una creación d una originalidad muy distinta a Aquiles, a Turnus o Renaud”. DUMAS, Alexandre: Historia de un cascanueces. Op. cit., p. 12.

[6] DUMAS, Alexandre: Historia de un cascanueces. Tr. de Casandra Amorín Vivar. Madrid, Trifaldi, 2009, p. 32.

[7] Ibíd., p. 13.

[8] HOFFMANN, E. T. A.: El Cascanueces y el rey de los ratones. Tr. de Xevi Solé Muñoz. Barcelona, Blume, 2016, p. 50.

[9] Así, de la ciudad de Núremberg, en la que tiene lugar la historia general (y la parte más bienaventurada de la historia interior, la de la nuez Kratatuk y la princesa Pirlipata), famosa por sus artesanos jugueteros –además de por sus maestros cantores–, afirma Dumas que, “los niños de Nüremberg deben ser los más felices del mundo, a menos que no se comporten como los de Ostende, que tienen ostras, pero sólo para verlas pasar”. DUMAS, Alexandre: Historia de un cascanueces. Op. cit., p. 17.

[10] Entre los que se incluye alguna vendetta personal, como la librada contra los académicos que le despreciaron, afirmando del secretario general vitalicio de la Academia Francesa que “desgraciadamente no puso participar al no tener dientes. por haberlos perdido al intentar desgarrar las obras de sus colegas”. DUMAS, Alexandre: Historia de un cascanueces. Op. cit., p. 115.

[11] GAYOL,José Ángel: Dumas el mosquetero. El rompecabezas, 2009, p. 10.