Considero la novela Georges de Alexandre Dumas como un campo de maniobras o como un laboratorio para esa aplastante victoria en la historia de la literatura universal, o ese bálsamo del alma, si me permiten, que es Le comte de Montecristo (El conde de Montecristo). Y solo por ello, como veremos, su lectura estriba el mayor interés. Publicada en tres volúmenes en octavo por la editorial parisiense Dumont en 1843, la novela cuenta con una reciente nueva edición española, en traducción de José Ramón Monreal, y publicada por la barcelonesa Navona en 2022.
Brindo una invitación a su lectura en el siguiente enlace de mi canal de YouTube:
Pero existen enormes diferencias entre los protagonistas de ambas novelas, y a ello dedico en este vídeo una particular atención. Así, por ejemplo, hasta las terribles acciones que la envidia, los celos y la codicia, cada una con un nombre propio, postran a Dantès en una muerte en vida (a ello dedicamos el primero de los tres vídeos consagrados a El conde de Montecristo, el titulado «La arquitectura de la venganza»), Edmond ha vivido en un mundo moral que su intachable conducta ha cimentado. Es un hombre naturalmente bueno, excelso en todo, porque ama la vida (ha recibido lecciones ejemplares de su padre) y está agradecido, consciente de las bondades, y de los dones recibidos. Su paso a una superioridad aún mayor (cultural y, colateralmente, económica), procede de una formación clandestina durante una década con un religioso: el abata Faria, y a una voluntad que solo puede reafirmar las capacidades con las que ha sido adornado desde su lozanía.
En cambio, Georges ha nacido en un mundo desordenado, y, aunque su padre es un próspero comerciante, ha bebido la ponzoña del resentimiento. Es un mulato que odia serlo y que, como explicita el narrador, odia a los negros y los mulatos por su docilidad y a los blancos por su crueldad. Ha nacido a un mundo por extremo injusto: el de las colonias y la esclavitud.
«Trasfiguración» es el nombre del capítulo que se dedica a la ambición de Georges por llegar a ser un «hombre completo», pero esta sublimación no está sólidamente anclada en un patrón moral, sino motivada por el revanchismo. Se sirve de los otros como oponentes con los que librar batallas que avancen en el fortalecimiento de su autoestima, de su dominio, por más que se diga que lo que pretende es vencerse a sí mismo (tanto en el sexo, como en el juego, o en los duelos de honor). No, la transformación de Georges no está guiada por el amor y la reparación, sino por el odio y el victimismo. Por ello, pese a cuanto pareciera preanunciar de El conde de Montecristo, los protagonistas de ambas novelas difieren esencialmente. Las pp. 90 a 93 son pródigas en aquellos avances de Georges, avances que instrumentalizan al otro porque lo que le mueve no es el amor, sino el odio. Georges no puede tal vez llegar a resultar simpático a quien se ha estremecido hasta las lágrimas de conmiseración por Edmond Dantès.
Es como si Dumas hubiera tenido que experimentar con un personaje, y la prueba resulta fallida, para alcanzar ese logro sublime que es su colosal novela y su icónico protagonista: Edmond Dantès. Del mismo modo, el lector de El conde de Montecristo no podrá dejar de recordar la crisis de desesperación que condujo a Dantès a desear dejarse morir de hambre para evitar un suicidio más activo, en los tormentos que padece uno de los actores secundarios de este drama: el esclavo Nazim de Anjuán cuando fue capturado por los mongallos, como lo había sido su hermano Laiza 4 años antes. Y es que son numerosas las ocasiones en las que el lector de El conde de Montecristo evoca esa titánica novela durante la lectura de Georges.
Dumas, pues, nos conduce a unos enfrentamientos no sinfónicos, sino de cámara, si se nos permite, pero que concluyen con un fortísimo, y con un final memorable en el que Dumas lo da todo como maestro de acción, de suspense y de arrebato. Y que ahí, sí, nos conducen a ese triunfo colosal y a esa afirmación moral que es El conde de Montecristo.
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