
En A Christmas Carol, publicado en Londres, en 1843, Charles Dickens recurre a elementos fantásticos, con la aparición de tres espectros enviados a su protagonista para asistirle en una profunda elección moral, en lo que se constituye en una edificante advocación contra la codicia desnaturalizada. Una ansiedad de dominio que no genera, finalmente, ninguna satisfacción al avaro, y sí un perentorio desasosiego y una existencia más que solitaria, verdaderamente misantrópica.
Una Nochebuena, el prestamista Ebenezer Scrooge recibe la visión de quien fuera su socio, y de quien es albacea, fallecido exactamente siete años antes. A esta primera aparición se sumarán la de tres espectros: los de las Navidades pasadas, presentes y futuras, gracias a cuya intervención podrá Scrooge, respectivamente, recuperar su infancia, conocer –desde la distancia y la invisibilidad– el modo en que la celebran personas que conoce, y comprender cuán poco habrá de ser añorado si no obra una corrección en su carácter y su corazón.

Entre las ediciones ilustradas de esta inmortal obra se encuentran en las librerías españolas tres bellísimas publicaciones editadas por la pontevedresa Kalandraka, y las barcelonesas Blume y Alba, en 2011, 2008 y 2020, respectivamente.
Roberto Innocenti (Bagno a Ripoli, Florencia, 1940), Premio Hans Christian Andersen en 2008, dio a la imprenta en 1990 (Mankato, Minnesota, Creative Company) una magnifica contribución a la historia de este relato. Una aventura que publicó, en traducción de Carlos Acevedo, en nuestro país la editorial Kalandraka, en 2011, y que ha conocido una redición en 2015. A lo largo de las 152 páginas de esta cuidada edición (encuadernada en cartoné y de gran formato: 29 x 21,5 cm) se encuentra un total de dieciséis ilustraciones a página completa[1] y tres a doble página[2], caracterizadas por el detallismo de su dibujo y un cromatismo de tonalidades pastel que parece conducir la imaginación del lector que pasa sus páginas al calor de una lumbre.

Una de las virtudes de las ilustraciones de Innocenti estriba en su énfasis en los elementos arquitectónicos, que adquieren un protagonismo similar al que cobran, naturalmente, los protagonistas de la acción. Sus vistas, en las que recurre con frecuencia a picados o contrapicados muy intensos, proceden a una profundidad de campo y a una profusión de detalles de carácter hiperrealista. Sus inteligentes picados parecen hacer flotar al lector, como si se tratara de uno de los espectros que habrán de departir con Scrooge. Un motivo, el de Scrooge sobrevolando la tierra –concretamente un camposanto en el que tiene lugar una poderosa anagnórisis– de la mano de un ser angélico que acompaña precisamente a la obra, al término de su penúltimo capítulo (pp. 136-137).
Otro lanzamiento ilustrado del mayor interés es Canción de Navidad. El árbol de Navidad (Barcelona, Blume, 2008)., un volumen que reúne dos obras navideñas de Dickens con ilustraciones de Robert Ingpen en traducción de Carlos Herrero Quirós. En Canción de Navidad (pp. 13-151), y en otro inspirado trabajo de Ingpen (Geelong, Victoria, Australia, 1933), Premio Hans Christian Andersen en 1986., el ilustrador irá presentando la dramatis personae de esta historia moralizante, siendo el primero el rostro del cuerpo amortajado de su socio, Marley, que seguidamente, esta vez a página completa en su metamorfosis en la aldaba de la puerta de casa de Scrooge (en su p. 31), como lo hará su espectro (en la p. 33), y también como en el caso anterior, como apenas una grisalla.

El volumen ofrece, asimismo, El árbol de Navidad (pp. 153-189), un relato navideño publicado en 1850, siendo su extensión sensiblemente menor que su Canción, siete años anterior. El árbol de Navidad es un cuento extraño, pues más que conducido por un hilo argumental, teje Dickens en él una serie de recuerdos y de historias de fantasmas. Evocaciones propiciadas por el estado de embeleso al que le ha conducido la contemplación de un abeto profusamente adornado en una casa vecina. Así, el autor (el cuento está narrado en primera persona) va destilando una nómina de juguetes, muchos de los cuales Robert Ingpen ilustrará, ya como viñeta, ya a página completa, como ocurrirá, asimismo, con algunos de los episodios fantasmales que se engarzan en la segunda parte del relato. No obstante, existen dos ausencias palpables entre los motivos que destila el narrador en su fantasía. Dickens, como en su Canción de Navidad, insiste en el carácter religioso de la festividad navideña. La rúbrica del relato no puede resultar más explícita al respecto:
Veo ahora el árbol engalanado de feliz contento, y de canciones, bailes y alegrías. En buena hora llegan estas cosas. ¡Que siempre sean bienvenidas y nunca pierdan su frescura mientras penden de las ramas de mi árbol de Navidad! ¡Y que jamás proyecten estas ramas ninguna sombra de tristeza! Pero según el árbol gana hondura, reconozco un murmullo entre las hojas. «Que sea esto en recuerdo de la ley del amor y la caridad, la compasión y la misericordia. ¡Que sea esto en conmemoración Mía»[3].
Y por dos veces evoca en su dilatada ensoñación a Jesucristo. La primera ocasión tiene lugar en las pp. 169 y 172 (la interrupción de las 170-171 se debe a una ilustración a doble página), en la que evoca diversos episodios de la vida de Cristo, desde su Nacimiento, el anuncio a los pastores, la Epifanía, su etapa formativa y algunos de sus milagros, como la resurrección de Lázaro y la Crucifixión. Al término del relato, tendrá lugar una nueva visión de Cristo[4]. Empero, ninguna de estos episodios netamente cristiano es representado por Ingpen.
Una iniciativa especialmente valiosa la constituye la reciente publicación, en noviembre de 2020, de la barcelonesa editorial Alba, Canción de Navidad en prosa y otros cuentos navideños, un volumen editado en cartoné en el que a la traducción de Canción de Navidad, en la que se reproducen las ilustraciones, una docena de láminas a color que fueran publicadas parta ilustrar la edición de la obra llevada a cabo por la londinense editorial de William Heinemann, en 1915, de uno de los más importantes creadores del género en toda su historia: Arthur Rackham (Londres, 1867-Limpsfield, Surrey, 1939).

A esta extraordinaria contribución, que recupera en España la obra de Rackham, el volumen de la editorial Alba suma felizmente la publicación de las siguientes obras del autor: La Navidad cuando dejamos de ser niños (1851), El cuento del pariente pobre y El cuento del niño (ambos de 1852), así como El cuento del colegial y El cuento de Nadie (de 1853, ambas)[5].
La única edición didáctica que existe de la más importante obra navideña de Dickens es, hasta donde se nos alcanza, la publicada por la editorial Anaya en su colección Tus libros. La edición emplea la popular traducción de Santiago R. Santerbás (Burgos, 1937), publicada por vez primera en 1982, que se halla acompañada de explicaciones al margen de los vocablos que podrían resultar oscuros a los jóvenes lectores, y, en notas a pie de página, explicaciones en torno a elementos presentes en la narración que podrían ser desconocidos incluso entre los lectores adultos del relato, en particular en lo referente a la economía de la Inglaterra de la época. El volumen, que no se halla acompañado por relato navideño dickesiano alguno, contrariamente a los más de sus compañeros[6], cuenta, como constituye una marca de la colección, con ilustraciones a una tinta, obra en esta ocasión de Enrique Flores.
Numerosas son las obras de Dickens (1812-1870), de quien este año aciago se ha conmemorado el sesquicentenario de su muerte, que se centran en la Navidad. Ha sido una costumbre acompañar la más importante y célebre de ellas, la novela corta Una canción de Navidad, de otros relatos o de otras novelas breves de ambientación y corazón navideños. Entre los diversos esfuerzos editoriales vivos en nuestras librerías, nos hallamos, así, ante Canción de Navidad y otros relatos publicados por la editorial Cátedra (Madrid, 2013), dentro de su colección Cátedra Base, dirigida, como el volumen de Anaya, a un público juvenil[8]. Al relato que nos ocupa (en traducción de Santiago R. Santerbás; pp. 21-126), se suman los siguientes cuentos, mucho más breves, traducidos por Marian Womack y Enrique Gil-Delgado: Cuatro historias de fantasmas (Four Ghost Stories, pp. 127-147), El guardavías (The Signal-Man, pp. 149-168) y El niño que soñó con una estrella (A Child’s Dream of a Star, pp. 169-174).The Signalman y Four Ghost Stories constituyen, en sí mismas, narraciones fantásticas, que carecen, por otra parte, de ambientación navideña. Y por ello, con toda justicia pueden aparecer, como efectivamente ocurre, en Cuentos de miedo, una antología publicada por Alianza en 2019, y reeditada en 2020, que contiene un total de once breves obras de Dickens, todas ellas traducidas por Miguel Ángel Pérez Pérez. Tremendo en su patetismo, pero mirífico y plenamente angelical –por lo que comparte la sensibilidad religiosa de Canción de Navidad– es El niño que soñó una estrella con que se cierra el volumen de Cátedra. No obstante, la reunión de Canción de Navidad y este último cuento con los otros dos relatos misteriosos y aun terroríficos, conduce a una confusión de las motivaciones del autor. Canción de Navidad es, como otras muchas obras dickesianas, un testimonio de fe, y no, como su confusión con esta categoría de relatos, de superstición[9].
Decíamos que la de la colección Tus libros es la única edición didáctica que conocemos, mas no es la única anotada. En su reciente traducción (original de 2016), Pérez y Pérez incluye un total de treintaitrés notas a pie de página que identifican, en su mayor parte, los pasajes bíblicos y las referencias literarias con las que Dickens acentúa sus estrofas[7]. Esta traducción se encuentra publicada, finalmente, en el más voluminoso de los libros publicados en España en torno a los relatos navideños de Dickens es, con un total de 571 páginas, Cuentos de Navidad, editado por la editorial Alianza, cuya primera edición tuvo lugar en 2016 (y que en 2020 ha conocido su cuarta reedición), que reúne, en traducción de un único responsable, Miguel Ángel Pérez Pérez, junto a su Canción de Navidad las restantes novelas cortas navideñas (o parcialmente navideñas) de Dickens: Las campanadas, El grillo del hogar, La batalla de la vida y El hechizado y el trato con el fantasma[10], publicados, respectivamente, en 1844, 1845, 1846 y 1848, respectivamente.
A los 150 años de la muerte de Charles Dickens tal vez el relato –en cuyo título, y de modo redundante, emplea el sustantivo “villancico”, y que divide no ya en capítulos, sino en “estrofas”, hasta alcanzar un total de cinco–, cobre una vigencia especial en nuestros días, cuando nos asola una crisis social en la que parecen haberse encarnado las apariciones que aterran a Scrooge, y al lector, en un pasaje, no por breve, menos estremecedor de la obra dickesiana: la Ignorancia y la Indigencia.
Dickens se dirige a todos. Entre quienes se hallan los oprimidos miembros de la clase trabajadora, siendo la Inglaterra de su madurez la tierra de la primera industrialización del mundo. En la actualidad, cuando la ilusión de prosperidad de nuestra sociedad se ha desvanecido, leer esta Canción de Navidad supone una experiencia particularmente emocionante. Scrooge decidió dejar de servir a un orden que conducía a la calamidad a quienes le rodeaban, para abrazar el respeto y el amor hacia los otros, obrando una alegre revolución en su mundo. Un acto de amor que constituye, asimismo, un acto de fe[11]. Y, así, las oraciones finales de la obran rezan:
No volvió a tener [Scrooge] tratos con espíritus, pero vivió durante mucho tiempo según el principio de la más absoluta sobriedad; y siempre se dijo de él que sabía celebrar la Navidad como nadie, si es que algún ser vivo poseyó alguna vez esa sabiduría. ¡Ojalá pudiera decirse lo mismo de nosotros, de todos nosotros! Y así, como dijo Tiny Tim, ¡que Dios nos bendiga a todos![12].
[1] Cfr. pp. 2, 6, 19, 24, 31, 37, 47, 53, 67, 89, 95, 106, 119, 125, 145 y 150.
[2] Vide pp. 58-9, 78-79 y 136-137.
[3] Dickens, Charles: Canción de Navidad. El árbol de Navidad. Tr. de Carlos Herrero Quirós. Ilustraciones de Robert Ingpen. Barcelona, Blume, 2008, p. 188.
[4] “Pero también distingo en las alturas a quien a quien alzó de entre los muertos a una niña y al hijo de una viuda. ¡Y sé que Dios es bueno!”. Dickens, Charles: Canción de Navidad. El árbol de Navidad. Op. cit., p. 188. Finalmente, y a propósito de El árbol de Navidad, quisiéramos destacar la labor de su traductor. Cuando no se hace visible por sus errores, el trabajo del traductor pasa a menudo desapercibido. Existe, incluso, la costumbre de no mencionarlos cuando se cita un pasaje de un libro. En El árbol de Navidad, insistirnos, el traductor ha logrado un trabajo de muy alta literatura.
[5] La traducción de la obra mayor es de José Luis López Muñoz, mientras que los restantes cuatro relatos han sido vertidos al español por Marta Salís. Salís es, asimismo, la compiladora de un lujoso volumen publicado por esta misma editorial en 2015 (y reeditado en 2017): Cuentos de Navidad. Sus 622 páginas recogen un total de 38 relatos navideño, entre los que naturalmente se encuentra la dickesiana Canción de Navidad, así como El cuento del pariente pobre (pp. 63-147, y 149-161, respectivamente). Dickens es el único autor antologado que comparece con más de un relato.
[6] Cuenta, no obstante, con un relato, Una Navidad del siglo XXI (pp. 149-156), ofrecido como apéndice del volumen y firmado por Luis Rafael, autor, asimismo, de la presentación de la obra (pp. 5-6).
[7] El número de estas notas resulta sensiblemente menor en las otras cuatro obras dickesianas reunidas en el volumen: diez en el caso de Las campanadas, mientras que en cada uno de los restantes tres: El grillo del hogar, La batalla de la vida y El hechizado y el trato con el fantasma, su número se reduce a siete.
[8] El volumen viene, asimismo, acompañado por un cuaderno de actividades: “Después de la lectura” (pp. 175-182).
[9] Una identificación de fe y superstición que se encuentra en la introducción del volumen firmada por Benjamín Prado: “En su biografía de Dickens, el escritor Peter Ackroyd afirma que el autor de David Coppefield guardaba varios vestidos de su cuñada y cada cierto tiempo los sacaba del armario para después quedarse mirándolos durante horas; también dice que aseguraba que Mary se le aparecía en sueños continuamente para impedir que la olvidase. El protagonista de El niño que soñó con una estrella se le asemeja en eso, porque jamás deja de sufrir por la muerte de su ser más querido, pasa sus noches mirando a las alturas para no ver el camposanto donde está su lápida y espera, con una mezcla de fe y superstición, el día en que puedan reencontrarse en el cielo. Al parecer, tras la muerte de la hermana de su mujer, también Dickens empezó a frecuentar la iglesia y a creer en un paraíso de los justos donde podría reunirse con ella” (pp. 14-15).
[10] Traducción de A Christmas Carol (pp. 7-112), The Chimes (pp. 113-224), The Cricket on the Hearth (pp. 225-335), The Battle of Life (pp. 337-446), y The Haunted Man and the Ghost’s Bargain (pp. 447-569), respectivamente.
[11] Y es que Canción de Navidad se halla imbuida de una fuerte convicción religiosa. Dickens lo subraya a menudo, frente a la deriva laicista y plenamente consumista de la Navidad en nuestras sociedades.
[12] Cfr. Dickens, Charles: Canción de Navidad. Tr. de Santiago R. Santerbás. Madrid, Anaya, 2010, p. 148, y Canción de Navidad y otros relatos. Tr. de Santiago R. Santerbás. Madrid, Cátedra, 2013, p. 126.










